-Tienes chamba en Santa Anita. El pata de ayer dice que hay dos máquinas que no levantan. Anda de una vez para que llegues temprano-dijo el jefe, y yo carajo, con este calor, ayer estaba todo bien, qué habrá movido este gordo tarado.
-¡Parada, Óvalo de Santa Anita, Chosicaaaaa!-grita el jalador sudoroso, levanta la mano llamando a la gente, golpea el bus, se abanica con el gorro.
-Perdón... Perdón... Permiso, por favor...-suplica el anciano a la gente que, como él, espera un bus para movilizarse por la gran Lima; es delgado, de mediana estatura, lleva anteojos de sol y un bastón muy usado y sin brillo.
-Camina, mierda ¿Qué te has creído? Y me cambias de cara o te la arreglo de un cachetadón- ruge él, sin reparar en todas las personas que a esta hora rebalsan el paradero, y que lo miran con sorpresa y algo de admiración, no todos los días se ve algo así.
-¿Qué te has creído tú?- solloza ella, con una voz apenas audible, temblorosa, tiene el cabello teñido de rojo, los labios pintados del mismo color, una blusa sin mangas que deja ver sus hombros salpicados de pecas, y una minifalda que deja al descubierto unas piernas largas, blancas y perfectas.
-¡Óvalo de Santa Anita, Chosicaaaaaaa!-de desgañita otro jalador, moreno él, rostro brillante de sudor, camisa empapada.
-Perdón, joven, estos son los carros para Chosica, ¿no?- me pregunta el anciano, con una candidez e inocencia que cualquier otro llamaría estupidez, dado que los jaladores gritan a voz en cuello sus destinos, y yo que sí, efectivamente, estos carros van a Chosica, es un anciano después de todo.
-Sube, carajo, y no digas nada, ya sabes- dice él, ahora más bajo, pero igual de audible para los demás, y la toma de la mano, la jalonea como una marioneta, la hace subir, y ella no dice nada, pero ha empezado a llorar.
-Una luca hasta el óvalo pues hermano- regateo, aún sabiendo que es en vano, pero no se pierde nada intentando.
-Suba, maestro, rápido, rápido, ¡Chaclacayo, Huachipa, Chosicaaaa!!!!- coge el jalador al anciano, sin dejar de vociferar, lo sube con cuidado pero de prisa, viene otra línea.
-Oiga, avance, esto ya está lleno-protesta una señora gorda, lleva un paquete en la mano y con la otra se abanica el rostro, el cuello, el comienzo del pecho.
-¡Dale pues hombre!-alza la voz él, su rostro de facciones gruesas se ha puesto rojo de calor y de coraje, suda como todos, tiene el ceño fruncido y su mano no suelta la de ella, que mira el suelo, cruza y descruza sus piernas deliciosas, sabe que a él le jode y que los que se sientan frente a ellos lo disfrutan.
-Qué tales yucas, carajo- escucho a mis espaldas y doy mi aprobación tácita, como seguramente lo hacen todos acá, porque hay que reconocer que es un ejemplar de mujer 10 puntos, de modo que cabe preguntarse qué diablos hace con ese animal.
-Pasajes en la mano, por favor-se abre paso entre la gente el jalador, siempre echando una mirada nada disimulada al asiento de la pelirroja, la cual ya no esconde la satisfaccion de la venganza traducida en las miradas deseosas de los hombres que viajan en este bus.
-Buenaza la niña, ¿no maestro?- comento con el anciano, que ha permanecido silencioso todo este tramo, y que por toda respuesta me da una media sonrisa triste.
-Ya basta, mierda, déjate de cojudeces o nos bajamos ahorita mismo y te saco la mierda- amenaza él, aprieta fuerte la mano de ella, se hinchan sus venas, y mira con odio infinito al anciano, que desde que se sentó no ha quitado la mirada de las piernas de su chica, y que tras esos lentes oscuros ya debe haberle hecho el amor con la mirada, el conchesumadre.
-¡Óvalo los que bajan!- avisa el jalador, es mi paradero, lástima, cuándo volveré a presenciar un espéctaculo visual parecido.
-Bajan! Bajan!- gritan al mismo tiempo varias personas, cogen sus paquetes, sus bolsas, se paran, se secan el sudor.
-¿Qué tanto estás mirando, viejo de mierda?¿Te crees muy sapo?-él se ha levantado de su asiento, ha cogido al anciano de las solapas, y lo sacude con fuerza, alza la mano y le pega una sonora cachetada, los lentes caen al suelo, el anciano se agacha y empiea buscarlos... a tientas.
-¡Es un ciego! ¡Es un ciego!- comienzan a gritar las señoras, un niño, los hombres voltean, yo volteo, ayudan al anciano, yo tomo las gafas, mientras él permanece inmóvil, no reacciona, quiere desaparecer.
-¡Policía!¡Policía!- suena fuerte ahora sí la voz de ella, llama al policía de tránsito, que sube al bus y le dice a él que lo acompañe, y él lo sigue, lelo, ido, hasta que llega abajo y reacciona, vocifera, reclama, vuelve a ser el mismo.
-Bajo compadrito- digo al jalador, no sin antes devolver las gafas al anciano y echar una última mirada a la beldad del bus, que ahora ha pasado a sentarse al lado del anciano...